martes 16 de agosto de 2011
El comienzo del itinerario.
Allí estaba sentado, oyendo la música, bebiendo cerveza. Mantenía su cabeza gacha, porque sabía que debía partir, mas no estaba triste, estaba confundido. Él sabía que para cumplir sus objetivos debía seguir el camino que el destino le ponía delante. Aún así, las dudas y los miedos invadían su mente. "Debo permanecer fuerte, como el roble que se mantiene en pie a pesar de los fuertes vientos" se decía, pero no sabía si era capaz de cumplir semejante empresa. Con cada minuto que pasaba su incertidumbre era mayor y a cada momento se le presentaba una nueva duda, aún así su destino estaba marcado y era su deber cumplirlo.
Permanecía en la taberna del pueblo, saboreaba cada hebra amarga de la bebida, disfrutando tanto de su frescura como de sus pequeñas y cosquilleantes burbujas. Se encontraba frente a un reto, quizás el más duro que haya tenido en su vida, y afrontarlo lo entusiasmaba, sabía que si lograba sobrepasarlo no sólo sería un mejor hombre, sino también un mejor guerrero y, de esta manera, todo lo que se propusiera en algún futuro sería más fácil de conseguir. Al cabo de un rato, la música cesó y la taberna comenzó a vaciarse; era el momento de partir. Pagó la cerveza y se marchó.
El pueblo parecía haber muerto, todos estaban en la seguridad de sus hogares, pero Harod no tenía hogar, al menos no uno propio, él consideraba que el pueblo era su hogar y vagaba de aquí para allá, durmiendo por momentos bajo los pies de los árboles, otras veces en la hostería de Rhondo, el enano. Sin embargo, esta noche era especial y sentía que debía despedirse de su viejo yo, aquél que quedaría en el recuerdo de cada uno de sus amigos, de los lugares que visitó y de la historia misma. De esta manera, se dirigió al punto más alto del pueblo, allí donde se encontraba el monumento a La Gran Madre, se arrodilló sobre los pies de la escultura, levantó su cabeza y mirándola fijamente agradeció por todo lo vivido y por todo lo que viviría, pero por sobre todas las cosas, Harod agradeció por el fin, no el fin de su vida, sino el fin de una era; la era de la comodidad y de la falsa seguridad que le brindaba su estadía en la villa. Se levantó y prometió que volvería, no sabía cuándo ni cómo, pero volvería. Porque al fin y al cabo, siempre se vuelve al hogar.
En la lejanía del horizonte, se podía apreciar una tormenta, la que quizás sea la primera adversidad que Harod debería enfrentar en su trayecto, mas no representaba amenaza alguna, porque ninguna tormenta es lo suficientemente fuerte como para abatir a un corazón animado.
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