martes 8 de noviembre de 2011

Un crimen heroico.

En la acogedora oscuridad nocturna comenzaba a perpetrar su plan. Las gotas de sudor quemaban su rostro, mientras un temblor le paralizaba las piernas. "Todos tenemos un destino", recordaba haber oído aquella noche de amor y así era. Mas no le servía pensar, él sólo debía actuar y cumplir su destino. Las cigarras cantaban, las ramas de los árboles chocaban entre sí, el viento soplaba y todos los sonidos convergían en uno solo, componiendo la más romántica de las melodías.
El tiempo pasó cual un halcón en plena cacería, ya era la hora. El viento trajo consigo un sonido: el de la muerte. El carruaje se acercaba, los caballos estaban agobiados o quizás era una señal. En su cabeza se repetía constantemente cómo debía hacerlo: "salto, estocada y muerte" para que nunca, pero nunca más se lo vuelva a hacer a nadie. En los momentos previos al ataque pidió por su alma, él comprendía mejor que nadie que este era un acto que sería recompensado con su propia vida, pero esto valía la pena y sin sacrificio no sería posible.
Los cascos de los animales se sintieron a sus espaldas, sobre el carruaje iban dos figuras, una femenina y una masculina. Esperó a que pasaran su posición y, sigilosamente, subió por la parte trasera. Era el momento de cometer el crimen, era el momento de ajusticiar al pecador, al libidinoso, a aquel que impartió sufrimiento y penas a los corazones de muchos niños, pero en especial al que abusaba de ella. Su puño sujetó con ira y convicción la daga, saltó con el impulso de un caballo y, con la fuerza de todos los sometidos, la enterró en el cuello del canalla. La sangre brotó durante unos instantes, un débil sonido, impregnado de dolor y arrepentimiento, era emitido por el sacerdote, quien finalmente perdió la vida.
Su pecho retumbaba, ya lo había hecho, pero permanecía alterado. Sus manos estaban manchadas con la sangre de un hijo de la iglesia, ahora era la vergüenza de su familia y del pueblo, pero no para ella. Su destino se había cumplido tal y como se lo había dicho, y ése era liberar a los inocentes de este depredador; "nos liberaste" le dijo ella, con lágrimas en los ojos y una sonrisa bien marcada, dotándolo de valor y nobleza, calmando la angustia y haciéndole entender que no era un criminal, sino un verdadero héroe.

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